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Caso 799

Estoy casado hace cuarenta años. Mi esposa y yo somos seguidores de Cristo hace más de catorce años. Desde joven he sido celoso y le he hecho la vida imposible a mi esposa. Aun hoy, cuando discrepamos en algún asunto, la maltrato de palabra. Después siempre me siento culpable y me cuestiono sobre mi sinceridad con Dios. Leo poco la Biblia, y pienso que no soy un verdadero seguidor de Cristo.

Siento pena por mi esposa, a la cual quiero con la vida, y sé que no es feliz conmigo. Temo perderla a pesar de tantos años de matrimonio. Y me avergüenzo ante Dios por no ser fiel a su Palabra.

Consejo

Estimado amigo:

Le está remordiendo la conciencia, y eso es algo muy provechoso. Nosotros lo comprendemos, tal como lo comprendería el apóstol Pablo.

En la Carta de San Pablo a los Romanos, él explica una y otra vez en detalle que se siente frustrado debido a que con frecuencia se propone hacer lo bueno, y sin embargo termina haciendo lo malo.1 Él lo describe como una guerra interna entre él mismo, por su propia tendencia natural a pecar, y Jesucristo, a quien le ha pedido que perdone sus pecados pasados y que forme parte de su vida. San Pablo deja en claro que Cristo no lo abandona simplemente porque está luchando con esa tendencia hacia el pecado.

La lucha que describe el apóstol es exactamente el mismo «tira y afloja» que describe usted. Al Hermano Pablo le gustaba explicar esa lucha comparándola con el juego de tirar la cuerda, empleando un imán. El pecado nos atrae como un imán, pero cuando hemos puesto nuestra fe en Cristo, Él también nos atrae como lo haría un imán. Eso nos deja a nosotros en la mitad, siendo halados en ambas direcciones por el poder de las atracciones opuestas.

Tal como acostumbrada a describirlo el Hermano Pablo, la atracción magnética es más débil cuanto más lejos estamos del imán, pero es más fuerte cuando estamos cerca. Comenzamos lejos de Cristo, pero a medida que lo vamos conociendo nos acercamos cada vez más y la atracción es más fuerte. Y la única manera de llegar a conocerlo es mediante la lectura de su Palabra y la oración, como si estuviéramos hablando con nuestro mejor amigo.

Al mismo tiempo, nuestra cultura no deja de bombardearnos con la tentación hacia el pecado. Las películas y la televisión presentan como normales los estilos de vida que nosotros sabemos que son pecaminosos. Los medios de difusión y las personas que nos rodean en realidad nos halan hacia el pecado. Si no estamos halando hacia Cristo con todas nuestras fuerzas, nos deslizaremos hacia el pecado que nos atrae, que resulta en malas actitudes y en palabras y acciones destructivas.

Cuando nos alejamos cada vez más de la atracción de Cristo, sentimos menos la necesidad de leer las Sagradas Escrituras y de estar atentos a la voz de Dios. Y como resultado de no estar constantemente acercándonos más a Él, nos deslizamos hacia malas actitudes y acciones equivocadas. Dios no deja de estar presente, llamándonos e impulsándonos a que nos acerquemos a Él. Pero la decisión de hacerlo, o no, es nuestra.

Le deseamos lo mejor,

Linda
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1 Ro 7:15-25

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