Una cruel ironía

8 dic 2021

«Es un poderoso día de verano en Misiones [Argentina], con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación....

»—Ten cuidado, chiquito —dice a su hijo....

»—Sí, papá —responde la criatura, mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.

»—Vuelve a la hora de almorzar —observa aún el padre.

»—Sí, papá —repite el chico.

»Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte.

» [El] padre... sabe que [el] hijo, educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino trece años....

»Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora; y el padre sonríe.

»No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él....

»El tiempo ha pasado. Son las doce y media.... Sube del fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum [y]... por primera vez en las tres horas transcurridas, piensa que... no ha oído nada más.... Su hijo no ha vuelto....

»La cabeza al aire y sin machete, el padre va.... Y cuando... ha recorrido las sendas de cazas conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su hijo.

»Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría, terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un...

»¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte! ... Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la mano...

»El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el aire... ¡Oh, no es su hijo, no! ... y vuelve a otro lado, y a otro y a otro....

    »... Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte...

»—¡Chiquito! —se le escapa de pronto....

»Nadie ni nada ha respondido....

»... Bajo el cielo y el aire candente... el hombre vuelve a casa... empapado de sudor....

»... A nadie ha encontrado.... Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bien amado yace al sol, muerto desde las diez de la mañana.»1

¡Qué ironía tan cruel la que presenta el escritor uruguayo Horacio Quiroga en este cuento suyo titulado «El hijo»! El padre está alegre de que ha podido darle a su hijo algo que, a esa misma edad, él «hubiera dado la vida por poseer», ¡y su hijo, en efecto, da la vida por haberlo poseído! En cambio, Dios el Padre celestial nos ofrece a cada uno de nosotros como hijo suyo algo que Él ha poseído desde el principio. Se trata de un regalo que no conduce a la muerte sino a la vida misma, vida plena y eterna. Más vale que aceptemos su regalo de una vez para así poder disfrutar de esa vida por toda la eternidad.2


1 Horacio Quiroga, El hombre muerto (Bogotá: Editorial Norma, 1990), pp. 13-19.
2 Jn 10:10; Ro 6:23
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