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Caso 351

Hace diez años nació mi primer hijo en mi primer matrimonio. Mi hijo nació con un raro mal en el corazón. Lo operaron a los tres meses de edad, y se me quedó muerto en la sala de operaciones.

Días antes hice una corta romería... con mi hijo en brazos, y de rodillas entré a la [iglesia]. Padezco de ambas rodillas, así que el dolor fue inmenso. Lloré de dolor físico y de dolor en mi corazón ante la posibilidad de perder lo que más amaba en ese momento. Rogué que me castigara a mí por los pecados, pero que dejara vivo a mi hijo, lo cual no pasó. Me humillé ante Dios, y no recibí nada. Creo que, desde que mi bebé murió, me divorcié de Dios y también de mi esposa.... ¿Cómo no culpar a Dios de lo que le pasó a mi hijo?

Consejo

Estimado amigo:

¡Cuánto sentimos la pérdida que ha sufrido! Para la mayoría de nosotros es imposible comprender lo que usted debió de haber sentido. La muerte de un hijo es una de las peores tragedias de la vida, y usted no es, en definitiva, la primera persona que le eche la culpa a Dios.

Cuando hizo la romería a la iglesia con su hijo en brazos, humillándose tal como lo describe, usted supuso que Dios quería verlo desesperado y quebrantado. Cuando de rodillas entró en la iglesia, supuso que su intenso dolor agradaría a Dios y le llamaría la atención. Cuando le rogó a Dios que lo castigara a usted en lugar de a su hijo, supuso que la muerte inminente del niño serviría de castigo por los pecados de usted. Y cuando el niño murió, usted supuso que era lo que Dios quería.

Sin embargo, ninguna de sus suposiciones concuerda con lo que dice la Biblia. El apóstol Pablo afirma que todos hemos pecado,1 así que es cierto que usted ha pecado, al igual que hemos pecado todos. San Pablo también dice que la paga de ese pecado es la muerte, así que es cierto que todos merecemos la muerte. Pero luego declara que el regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor.2 De modo que a pesar de que todos hemos pecado y merecemos la muerte, Jesucristo murió en nuestro lugar. Él recibió nuestro castigo. Cuando aceptamos el regalo de la salvación, obtenemos la vida eterna en vez del castigo. Sólo tenemos que arrepentirnos de nuestros pecados y pedir perdón.

Dios no quiere que seamos castigados. Al contrario, sacrificó a su Hijo para que pudiéramos evitar el castigo. Así que cuando hacemos penitencias con el fin de que Dios nos preste atención o nos perdone, es como si con eso estuviéramos diciendo: «Tu dolor, Señor Jesús, no fue suficiente. Tengo que hacer esto yo mismo.»

El hijo suyo no murió porque Dios así lo quiso ni a causa de los pecados que usted ha cometido. Murió porque tenía un serio problema cardíaco. El corazón del niño no tenía la fuerza suficiente para mantenerlo con vida. Le aseguramos que Dios comprende el dolor que usted siente, ya que Él mismo vio morir a su propio Hijo Jesucristo.

Le deseamos lo mejor,

Linda
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1 Ro 3:23
2 Ro 6:23

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