31 mar 2015

ALGUIEN TIENE QUE PAGAR

por Carlos Rey

Quienes piensan que son gravosas las multas impuestas en la actualidad debieran haber vivido durante la Edad Media. La ley que regía en muchos lugares en aquel entonces establecía que cuando no pagaba uno, pagaban todos. Por ejemplo, en los casos en que dentro de los límites de un pueblo aparecía el cadáver de una persona que había sido asesinada, si no llegaba a descubrirse quién era el culpable, a todo el pueblo se le obligaba a pagarles a los familiares de la víctima la multa o calonia, llamada estrictamente homicidio. Por eso los habitantes de los pueblos dentro de cuyos límites se cometía un crimen, ni cortos ni perezosos, hacían todo lo posible por trasladar a otro pueblo el cadáver. Sólo así lograban librarse de la multa colectiva.1

Al parecer, es en esa práctica medieval que tiene su origen el modismo que llevamos a la práctica o al menos deseamos practicar muchos de nosotros: «cargarle, o echarle, el muerto a otro». Al hacerlo, le atribuimos a otro la culpa de algo. Algunas veces no tenemos nada que ver; otras veces, sí tenemos la culpa. En el caso de la ley medieval, no importaba quién tuviera la culpa. Alguien tenía que pagar, de modo que cuando no pagaba el culpable, pagaba el inocente. De lo contrario, el crimen quedaba impune, y eso no se toleraba. Era preferible que pagara el inocente a que no pagara nadie. En la actualidad parece que nos preocupa mucho más la posibilidad de que el inocente pague por el culpable, que la de que no pague nadie. Tal vez a eso se deba que haya tantos delitos hoy día que quedan impunes.

Esa actitud de la sociedad moderna es diametralmente opuesta a la de Dios nuestro Creador. Debido a que su justicia, así como la medieval, exige que alguien pague por la culpa, a Dios le preocupó mucho más la posibilidad de que nadie pagara por la culpa de nuestro pecado, que la de que pagara por nuestra culpa algún inocente. Es más, como nosotros los culpables no tenemos con qué pagar, Él dispuso que pagara el único Inocente que jamás pecó. Era preciso el sacrificio de su Hijo Jesucristo para aplacar la justicia divina. Eso es lo que quiere decir San Juan con la afirmación de que Dios nos amó tanto que envió a su Hijo para que fuera ofrecido como propiciación por nuestros pecados.2 En lugar de «cargarnos ese muerto» a nosotros, Cristo murió y «cargó ese muerto» en nuestro lugar. Él mismo se hizo culpable a fin de declararnos libres de culpa. Ya que esa multa ha sido pagada, más vale que vayamos al tribunal divino para hacer constar que aceptamos el perdón que nos compró con el sacrificio que le costó la vida.


1 Gregorio Doval, Del hecho al dicho (Madrid: Ediciones del Prado, 1995), p. 84.
2 1Jn 4:10; 2:2