30 jul 2014

LA IMPORTANCIA DE SENTIRSE AMADO

por Carlos Rey

Era la noche del 26 de abril de 1895. Hacía quince días que lo habían nombrado mayor general del Ejército Libertador de Cuba. José Martí firmó la carta que acababa de escribirles «a Carmen Miyares y sus hijos» y procuró conciliar el sueño. No lo sabía, pero seguramente lo presentía: estaba a escasos veintitrés días de caer herido de muerte en la acción de Dos Ríos, no muy lejos de allí en la misma jurisdicción de Guantánamo. En la carta había dicho:

«Yo escribo en mi hamaca, a la luz de una vela de cera, sujeta junto a mis rodillas por una púa clavada en tierra.... Sentía anoche piedad en mis manos, cuando ayudaba a curar a los heridos... esta jornada valiente de ayer cerró una marcha a pie de trece días continuos, por las montañas agrias o ricas de Baracoa, la marcha de los seis hombres que se echaron sin guía, por la tierra ignorada y la noche, a encararse triunfantes contra España.

»Éramos treinta cuando abrazamos a José Maceo. Dejamos atrás orden y cariño. No sentíamos ni en el humor ni en el cuerpo la angustiosa fatiga, los pedregales a la cintura, los ríos o los muslos, el día sin comer, la noche en el capote por el hielo de la lluvia, los pies rotos.... Envío del cielo libre un saludo de orgullo por nuestra patria, tan bella en sus hombres como en su naturaleza... No soy inútil ni me he hallado desconocido en nuestros montes; pero poco hace en el mundo quien no se siente amado.»1

De veras es admirable que en esta carta personal José Martí, apóstol de la independencia cubana, dé a entender que lo que siente en el alma y en el cuerpo no son las privaciones físicas, sino la piedad y el amor. Descarta el hambre, el dolor, el frío y la fatiga, mientras que destaca la piedad que administra con las manos al hacer las veces de enfermero, y el amor que devengan sus acciones en favor de su pueblo. En esto Martí se asemeja a San Pablo, apóstol de los gentiles. En su segunda carta a los corintios, Pablo les recuerda las privaciones que ha sufrido —azotes, cárceles, tumultos, trabajos pesados, desvelos y hambre—, y su servicio piadoso, por amor a Dios, en favor de su pueblo. Y así como Martí, lo que estima Pablo es el afecto que sienten por él quienes de veras lo conocen.2

La mejor forma de rendirles homenaje a estos magnos apóstoles de la historia sagrada y universal es seguir su ejemplo. Desestimemos nosotros también las privaciones físicas que nos toquen, y estimemos más bien el amor de los que de veras nos conocen. Aceptemos a Cristo y el incomparable amor que nos mostró mediante su muerte en la cruz por nosotros, y así nos armaremos de un amor compasivo que nos asegurará el afecto de quienes mejor nos conocen en este mundo y en el más allá.


1 José Martí, Cartas de José Martí, «A Carmen Miyares y sus hijos» (Cerca de Guantánamo, 26 de abril de 1895), reproducido en A Propósito de José Martí y su obra (Bogotá: Editorial Norma, 1994), pp. 18-19.
2 2Co 6:3—7:16