17 oct 2017

MAL POR BIEN

por Carlos Rey

(Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza)

Había un pobre zapatero del siglo diecisiete que tenía más hijos de los que podía mantener. Con todo, su fecunda esposa volvió a dar a luz, así que él decidió poner al recién nacido en el torno que estaba a la entrada de la casa de huérfanos de Lima. Daba la casualidad de que en aquel establecimiento había sido tan grande el número de niños abandonados en los últimos días que la superiora había puesto en marcha un plan para descubrir al individuo que, al amparo de las sombras, había estado llevando a tantos pequeños huéspedes al orfanato. Por ese motivo, tan pronto como el zapatero se acercó a la puerta, cuatro fornidos vigilantes le cayeron encima sin percatarse siquiera de una desdichada madre que en ese mismo instante colocaba a su hijo en el torno.

Al desafortunado padre lo llevaron ante la superiora, que le dijo que era el colmo que le hubiera estado trayendo de continuo niños de dos en dos, y que si no se llevaba de una vez a los que traía esa noche, iba a acusarlo ante la Inquisición de tener pacto con el diablo o fábrica de hacer muchachos.

—Pero, señora —dijo tembloroso el zapatero al oír lo de la Inquisición—, sólo uno es mío; quédese usted con el otro.

—¡Largo de aquí, so arrastrado, y llévese su par de diablitos! —le gritó la mujer.

El zapatero no tuvo más remedio que regresar a su casa cabizbajo con un bulto de más. Pero a su desconsolada esposa la reconfortó la noticia del insólito suceso, tanto que lo animó a él con estas palabras:

—Dios, que lo ha dispuesto así, te dará fuerzas para buscar dos panes más. En vez de diez hijos tendremos una docena que mantener.

Cuál no sería su sorpresa cuando, después de acariciar y desnudar al extraño, se dio cuenta de que llevaba puesto un cinturón que contenía cien onzas de oro y una nota que decía: «Está bautizado y se llama Carlitos. Ese dinero es para que no resulte una carga el criarlo. Sus padres esperan en Dios poder reclamarlo algún día.»

Así fue como en el momento menos pensado el zapatero dejó de ser pobre. Invirtió bien el dinero y prosperó. Y al niño adoptado a la fuerza, a quien crió su esposa como si fuera suyo, cuando cumplió seis años lo recogieron sus padres naturales, quienes, por razones ajenas al caso, no habían conseguido legitimar antes sus relaciones.1

¡Por algo será que a este extraordinario relato que forma parte de su obra maestra Tradiciones peruanas, el célebre cuentista peruano Ricardo Palma le puso por título: «No hay mal que por bien no venga»! Y si llegó a cumplirse ese refrán en el caso de un pobre zapatero limeño de la época colonial, con mayor razón se cumplirán en nosotros hoy día las palabras afines de San Pablo de que todo actúa para el bien de quienes aman a Dios,2 con tal de que mostremos con nuestras acciones que de veras lo amamos.


1 Ricardo Palma, Tradiciones peruanas (Bogotá: Editorial Norma, 1991), pp. 67-70.
2 Ro 8:28