16 nov 2018

«Un milagro más»

por Carlos Rey

«¡Milagro! He aquí uno de los conceptos más confusos, sobre todo después que la fe en los milagros de la fe ha sido sustituida por la fe en los milagros de la ciencia», escribe el gran pensador español Miguel de Unamuno en su obra filosófica titulada La agonía del cristianismo.

Se dice que «los salvajes no admiran los portentos de la aplicación de los descubrimientos científicos —continúa don Miguel—.... Cuando un salvaje ve volar un aeroplano u oye un fonógrafo, no se admira. ¡Claro! Está acostumbrado a ver el milagro de que vuele un águila o que hable un hombre o un loro, y un milagro más no le sorprende. El salvaje vive entre milagros y entre misterios. Y el hombre salvaje, nacido y criado en medio de un pueblo que se dice civilizado, nunca pierde la fe en [los milagros], cuando no en los de la fe, en los de la ciencia.»1

Unamuno tiene razón. El tema de los milagros es muy confuso para todos, cualquiera que sea nuestro trasfondo social o religioso. Y hasta el Diccionario de la Real Academia Española distingue entre los milagros de la fe y los milagros de la ciencia, aunque no se refiera a ellos propiamente como tales. En su primera acepción define milagro como un «hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino». Para eso se requiere tener fe en que hay cosas inexplicables que proceden de Dios mismo.

En cambio, en su segunda acepción la Real Academia define milagro simplemente como un «suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa».2 Y para eso sólo hace falta tener fe en que hay cosas extraordinarias y maravillosas que sí pueden explicarse, entre ellas las que proceden de la ciencia, tales como el poder comunicarnos casi instantáneamente de un extremo a otro del planeta, el poder viajar por el espacio en máquinas voladoras, y el tener la esperanza de vivir el doble de años que vivieron nuestros bisabuelos.

Por si no bastara esa distinción entre los milagros de la fe y los milagros de la ciencia, hay una distinción más que confunde a muchas personas. Se trata de la diferencia entre los milagros de la fe. Para algunos, la confusión consiste en pensar que los milagros de la sanidad del cuerpo, tales como el recuperar la vista, el oído, el habla y la vida misma, son más espectaculares y por lo tanto más grandes que el milagro de la salvación del alma. Piensan que la salvación del alma es sólo «un milagro más». Lo cierto es que la salvación, por el contrario, es el milagro más grande de todos. Es el que nos hace hijos de Dios y nos da nueva vida en Jesucristo su Hijo, quien nos ofrece vida plena en este mundo con la esperanza de vida eterna en el cielo.3

Aceptemos esa gran salvación que nos ofrece como el portentoso milagro que es. Y no dejemos de alabar a Dios por haber planeado una salvación tan admirable, tal como nos anima el apóstol Pedro,4 y por habernos dado ese milagro a todos por igual.


1 Miguel de Unamuno, La agonía del cristianismo, 6a ed. (Buenos Aires: Editorial Losada, 1975), pp. 53-54.
2 Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española <http://dle.rae.es/?id=PEYpsXJ> En línea 3 junio 2018.
3 Jn 1:12; 3:7,16; 10:10; Gá 3:26; 4:6-7; 1P 1:3; 1Jn 3:1-2
4 Heb 2:1-4; 1P 1:3-5