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Caso 183

Mi hermano mayor murió a la edad de cuarenta y dos años, y fue tan grande el dolor por la pérdida que... dejé de orar y de... asistir a alguna iglesia. Escribir estas líneas me ha costado mucho, pero desde que me suscribí a recibir sus mensajes por Internet hace un par de semanas me he atrevido a hacerlo. Ya no quiero sentir este resentimiento con Dios por haber perdido a mi hermano. ¿Por qué siento esto?

Consejo

Estimado amigo:

Gracias por tener la confianza de contarnos su caso, aunque le cueste trabajo expresar sus sentimientos. Nadie puede hacer que usted se sienta de otro modo, debido a la gran pérdida que ha sufrido y al hecho de que su hermano nunca volverá. Sin embargo, trataremos de responder a su pregunta acerca de por qué siente tal resentimiento con Dios.

Imagínese un fuego que arde lentamente a un ritmo constante. Cuando se le echa más leña, las llamas pequeñas tal vez echen chispas y aumenten por algún tiempo, pero luego vuelven a disminuir a un ritmo lento pero constante. El fuego no es tan grande que no pueda controlarse, pero sí es lo bastante grande como para calentar el ambiente y quemar la leña poco a poco. El fuego no ha de apagarse sino hasta que haya consumido toda la leña.

El dolor que siente a causa de la muerte de su hermano es como el fuego lento. No deja de seguir ardiendo dentro de usted. Sin embargo, en su subconsciente teme que tarde o temprano las memorias que tiene de su hermano se disipen y que él sea olvidado. Eso hace que usted se enoje debido a lo mucho que lo amaba, así que tiene que buscar más leña para alimentar el fuego a fin de que vuelva a echar chispas y luego siga ardiendo a un ritmo constante.

El resentimiento es la leña que se le echa al fuego. Así que usted se resiente con el Único que pudo haber impedido que su hermano muriera: con Dios. Cada vez que se acuerda de su hermano, ese pensamiento se convierte en leña para el fuego porque es así como usted ha mantenido viva su memoria. Sus pensamientos siguen este curso: Dios es sobrenatural, así que pudo haber impedido esa gran pérdida. — ¿Por qué no lo hizo? — ¡Debió haberlo hecho! — ¡Él tiene la culpa! Al echarle leña al fuego, el recuerdo de su hermano se mantiene vivo en usted.

Echarle la culpa a Dios equivale a castigarlo por lo que usted cree que Él hizo mal. Cuando usted opta por no asistir a ninguna iglesia y por no cultivar una relación con Dios mediante la oración, en su subconsciente usted piensa que le está dando a Dios el castigo que se merece por lo que les hizo a su hermano y a usted.

El hecho de que pensemos algo no quiere decir que sea verdad. Cuando sentimos dolor, nuestros sentimientos pueden engañar nuestra mente de modo que creamos y actuemos impulsados por pensamientos irracionales. No tiene sentido creer que el resentirse con alguien le sirva de castigo por lo que hizo. Por el contrario, ese fuego lento no hace más que quemar por dentro a la persona que se empeña en echarle leña al fuego.

Claro que preferiríamos que Dios milagrosamente interviniera e interrumpiera el curso natural de la vida y de la muerte, sobre todo cuando se trata de una persona a la que amamos. Pero cuando le exigimos que lo haga, y tratamos de castigarlo por no hacerlo, con eso mostramos que creemos que somos nosotros quienes debiéramos ser Dios y que es Él quien debiera acatar órdenes de nuestra parte.

Son la enfermedad y la violencia lo que hace que mueran las personas; son los hábitos saludables y los buenos genes lo que hace que vivan. No culpamos ni elogiamos a Dios por nuestras costumbres porque sabemos que somos nosotros quienes tomamos esas decisiones. Hemos aprendido que el cuerpo humano subsiste como resultado del latido del corazón, de las ondas que emite el cerebro y de ciertas sustancias químicas. Dios lo creó y lo puso en movimiento, pero luego les dio a los seres humanos tanto la facultad como la responsabilidad de tomar decisiones que a la postre los afectarían a ellos y a las generaciones que los siguieran.

Dios lo ama mucho y quiere darle paz. En lugar de echarle leña al fuego del resentimiento, una manera mejor de mantener vivo el recuerdo de su hermano es mostrar fotos de él, contar anécdotas de su vida y hacer cosas positivas por las personas a quienes usted cree que él hubiera querido ayudar.

Le deseamos lo mejor,

Linda y Carlos Rey

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