Un regalo de plata

7 feb 2012

Con motivo de la celebración de sus bodas de plata, el escritor y médico cubano Mario Dihigo cuenta la siguiente anécdota en su obra que lleva por título Cosas de muchachos:

«La gran fecha se acercaba y [nuestras hijas, Nené y Cotica,]... determinaron reunir sus recursos, no muy cuantiosos, para que el regalo común ganara en categoría.

»Es corriente en esos casos que el obsequio sea un objeto de plata. Hasta entonces ellas no habían tenido idea de lo caras que son las cosas hechas con ese metal....

»Recorrieron varias joyerías. En una de ellas, después de ver varios objetos sin decidirse por ninguno, el dependiente les preguntó:

»—¿Les agradaría una palmatoria?

»Ambas se miraron e intercambiaron un gesto de ignorancia.

»—Bueno, haga el favor de enseñárnosla.

»Y resultó que el hombre apareció con un candelero. Nunca habían oído la palabra palmatoria, pero, positivamente, era más elegante que candelero.

»Después de un cambio de impresiones, determinaron seguir buscando. Aunque la palabra era distinguida, el objeto no era tan majestuoso como ellas lo deseaban.

»Continuó la peregrinación de joyería en joyería y no encontraron nada mejor que la palmatoria.

»Decidieron adquirirla y regresaron a la tienda en que se la habían mostrado.

»Las atendió otro dependiente. Solícito, les preguntó qué deseaban y una de ellas, confundiendo la palabra recién aprendida, dijo:

»—Deseamos una manopla de plata.

(Para los que no saben lo que es una manopla, el doctor Dihigo explica, en una nota al pie de página, que es un «instrumento de hierro que cubre la mano para dar puñetazos».)

«Cuando el dependiente pudo hablar —continúa narrando Dihigo—, con voz insegura dijo:

»—¿Y para qué quieren ustedes una manopla de plata?

»—Para regalársela a papá y mamá que cumplen veinticinco años de casados.1

Afortunadamente el matrimonio Dihigo de esta anécdota no habría empleado jamás aquel regalo. Pero lo trágico es que en la sociedad actual sí hay cónyuges que le darían uso a tal objeto de combate. Porque lamentablemente hay muchos matrimonios en que el maltrato físico es algo común y corriente...

Según el libro de Génesis, el matrimonio es tan singular que cuando dos personas se casan, «se funden en un solo ser».2 En otras palabras, llegan a ser un solo cuerpo. Por eso San Pablo, al citar ese pasaje, dice que «el esposo debe amar a su esposa como ama a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo», explica el apóstol, pues nadie que está en sus cabales odia a su propio cuerpo, sino que lo cuida.3 De ahí que golpear a su esposa es como golpearse a sí mismo.

Dejemos, pues, de maltratarnos, y amémonos más bien, tal y como nos amó Cristo. Él se dejó maltratar para que dejáramos de maltratarnos unos a otros, y entregó su vida para que entregáramos la nuestra, no sólo veinticinco años sino hasta la muerte, por amor.4


1 Mario E. Dihigo y Rosa Dihigo Beguiristain, Cosas de muchachos (Miami: Ediciones Universal, 1998), pp. 9‑10.
2 Gn 2:24
3 Ef 5:25‑33
4 1Jn 4:7‑11
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