(Víspera del Aniversario de la Muerte de Miguel de Cervantes)
En los capítulos 16 y 17 de la primera parte del Quijote, el ingenioso hidalgo don Quijote y su escudero Sancho Panza llegan a una venta que el hidalgo cree que es un castillo. Durante la noche, don Quijote se imagina que una joven que se topa con él en la oscuridad es una «doncella» enamorada de él. ¡Ni se le ocurre que un arriero en la misma habitación la ha estado esperando! Cuando don Quijote trata de retenerla por la fuerza, el arriero lo golpea fuertemente, y en la escaramuza que se arma, también Sancho sufre una tremenda paliza.
Al día siguiente, cuando don Quijote se despide, el ventero le pide que pague lo que le debe por el hospedaje de la noche anterior. Pero don Quijote, asombrado de que no es un castillo sino una venta, le dice al ventero que no le debe nada porque es caballero andante y tiene derecho a alojamiento; y luego sale de la venta. El ventero entonces trata de cobrarle a Sancho, quien se ha quedado atrás, pero el escudero también se niega a pagarle. Al ver lo ocurrido, unos hombres que están allí deciden mantear a Sancho. Así que lo lanzan al aire, haciéndolo saltar repetidas veces en una manta de la que están tirando por las orillas, y lo siguen manteando de esa manera hasta por fin cansarse.
Posteriormente, en el capítulo 21, una de las tantas veces que Sancho se queja de haber sido el objeto de semejante burla, don Quijote le recrimina: «Mal cristiano eres, Sancho, porque nunca olvidas la injuria que una vez te han hecho».1
Es así como, en su obra maestra, el incomparable Miguel de Cervantes se vale de su personaje principal para recordarnos la novedosa enseñanza de Jesucristo en el Sermón del Monte. Allí Cristo nos aconseja que olvidemos la injuria y amemos al injuriador.2 Es una idea revolucionaria que a simple vista parece absurda, y que sin embargo da resultado. La han comprobado millones de personas desde ese día en que Cristo la expuso, pero ha habido lamentablemente otras tantas personas que la han descartado por haberles parecido demasiado dura. Y es que lo es... si tratamos de hacerlo sin la ayuda de Dios. Él es el único que nos puede ayudar a amar hasta ese extremo. Jesucristo llevó a la práctica su enseñanza cuando perdonó a sus verdugos desde la cruenta cruz en que lo clavaron,3 y luego ayudó al mártir Esteban a hacer lo mismo cuando lo estaban apedreando.4
No optemos por el camino fácil; armémonos más bien, como Esteban, de ese amor que Cristo insistió repetidas veces que tuviéramos no solamente los unos por los otros, sino también por nuestros enemigos,5 lo cual es mil veces más difícil de practicar. Dios no promete librarnos de esos recuerdos dañinos de ofensas sufridas, pero sí promete ayudarnos a derribarlos como fortalezas al darnos poder divino para librar batallas campales contra ellos.6
| 1 | Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, 1a. parte, Cap. XXI (Madrid: Juan de la Cuesta, para Francisco de Robles, 1605), Alicante: Biblioteca Virtual de Miguel de Cervantes, 2005 <https://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/edicion/parte1/cap21/cap21_02.htm> En línea 1 octubre 2025. |
| 2 | Mt 5:43-45; 6:14-15 |
| 3 | Lc 23:34 |
| 4 | Hch 7:60 |
| 5 | Mt 5:44; Lc 6:27,35; Jn 13:34,35; 15:12,17 |
| 6 | 2Co 10:3‑5 |

