6 oct 2017

NO SOPORTAR EL DESPRESTIGIO

por el Hermano Pablo

Durante casi todo un mes el hombre llevó en el bolsillo una cajita de lata que contenía tres pastillas. Al preguntársele para qué las tenía, respondía: «Para el dolor de cabeza», o si no: «Para aliviar la tensión.»

Día tras día, mientras iba al tribunal donde se estaba considerando su caso, Donaldo Santos, de São Paulo, Brasil, llevó su cajita en el bolsillo. Cuando por fin el jurado pronunció el veredicto: «¡Culpable!», Donaldo, sereno y tranquilo, pidió un vaso con agua, y de un solo sorbo tomó las tres píldoras. Casi en seguida cayó al suelo. Las pastillas no eran simple aspirina; eran de cianuro.

Donaldo Santos, de cincuenta y tres años de edad y poseedor de fortuna y prestigio social, había cometido un delito que lo mandaría a la cárcel por veinticinco años. De haber sido declarado inocente, nadie jamás hubiera sabido que las pastillas eran de cianuro. Pero cuando lo declararon culpable, sus palabras fueron: «Esto es un remedio para todo.»

Hay hombres que toleran el cometer un delito, y su conciencia poco o nada les dice. Pueden violar las leyes y los dictámenes de su conciencia, y seguir como si nada, disfrutando de la vida. Pero no pueden soportar la pérdida del prestigio social o la de su holgada posición económica. El delito poco importa. Lo que no soportan es la pérdida del prestigio y del bienestar.

Ese es el enorme error de muchos. Por carecer de esa luz roja que se enciende en el alma cuando hay peligro moral, y que se llama «conciencia», siguen adelante con su mal vivir. Viven para el disfrute de la buena vida, con moral o sin ella, con conciencia limpia o sin ella, y perdida la buena vida, se suicidan.

Si lo único que nos interesa es que no se nos descubra, sin importarnos el aspecto moral de nuestra infracción, tarde o temprano tendremos que responder tanto a la ley humana como a la divina. El no hacer el mal debe obedecer a esa inquietud espiritual que todos llevamos dentro, que se llama la ley de Dios. Y esto no sólo como escape a la justicia humana, sino para vivir con la conciencia clara y limpia, sabiendo que estamos bien con nuestro Creador.

Por eso es necesario que arreglemos nuestras cuentas con Dios. Cristo fue a la cruz para librarnos de todo lo malo y ofrecernos una vida nueva. El nuevo corazón que Él nos da nos hace reconocer la importancia de su ley moral. Y cuando nos sometemos a esa ley divina, a la misma vez nos estamos sometiendo a la ley humana. Hagamos de Cristo el Señor de todas nuestras acciones.