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Aquel gusano del pueblo de los mosetenes apenas tenía el tamaño del dedo meñique cuando comenzó a comer corazones de pájaros. Si no hubiera sido porque era hijo del mejor cazador del pueblo, habría sido muy difícil satisfacer su hambre, porque cuantos más corazones comía, tantos más exigía. Y cada vez crecía más, hasta que tuvo el tamaño de un brazo. Su padre se pasaba días enteros en la selva cazando pájaros a fin de satisfacerlo. Llegó el día en que no quedó ni un solo pájaro vivo en la selva, de modo que el padre, Flecha Certera, comenzó a ofrecerle corazones de jaguar a esa serpiente suya que ya no cabía en la choza. La serpiente devoraba a los infortunados felinos y crecía más aún, hasta que acabó con todos los jaguares de la selva. —Quiero corazones humanos —le exigió a su padre. El diestro cazador no tuvo más remedio que ir matando a los habitantes de su aldea y de las comarcas vecinas hasta dejarlas sin gente. Pero un día, en una aldea lejana, lo sorprendieron en la rama de un árbol y lo mataron. La serpiente ya no soportaba el hambre y la nostalgia, así que salió a buscarlo. Cuando llegó a la aldea que había matado a su padre, enroscó el cuerpo en torno a todos los habitantes que quedaban para que nadie pudiera escapar. Los guerreros le ensartaron todas sus flechas a aquel anillo gigante que los había cercado, pero aun así la serpiente no dejaba de crecer. Nadie logró salvarse salvo la serpiente, que rescató el cuerpo de su padre y siguió creciendo hacia arriba. Ahora se ve, ondulante, erizada de flechas refulgentes, atravesando el cielo nocturno.1 Esta leyenda indoamericana sobre el origen de la Vía Láctea nos recuerda que los indígenas de aquellos remotos tiempos, que no disfrutaban del telescopio para poder divisar con mayor claridad la multitud de estrellas de la que está compuesta, eran geniales en el uso de su imaginación para llenar los vacíos de su conocimiento científico. Además evoca imágenes mentales de la serpiente bíblica que hizo caer a nuestros primeros padres en el huerto del Edén,2 que se describe como el lucero de la mañana en el libro del profeta Isaías,3 y que vuelve a manifestarse al final de los tiempos, según el Apocalipsis de San Juan. Pero lo que debiera preocuparnos a nosotros es lo que está haciendo en la actualidad «aquella serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás»,4 como la identifica San Juan. Porque al igual que la serpiente de la leyenda de los mosetenes, nuestro enemigo el diablo no tiene mayor satisfacción que la de comer corazones humanos, y por eso día y noche anda buscando a quien devorar.5 Cristo, archienemigo y vencedor del diablo,6 está llamando a la puerta de nuestro corazón. Más vale que le demos entrada para que cene con nosotros, que es lo que desea,7 y no que le demos cabida a Satanás, de modo que nuestro corazón llegue a ser la entrada principal de su cena. |
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