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Torquemada, un rudo vendedor de agua, solía ir por la calle arreando su burro con tremendos azotes. La gente, acostumbrada a presenciar ese triste espectáculo, no hacía nada por impedir el suplicio y la humillación del asno, sino que se limitaba a decir: «¡Ahí van Torquemada y su burro!» Hasta que un día pasó por allí un caballero que se le acercó y le rogó que tuviera compasión del pobre animal. El pícaro aguador español se quitó la caperuza y le dijo al defensor del asno: —¡Yo haré lo que su señoría me mande, pues no pensé que mi burro tuviera parientes en la Corte! La respuesta burlona de Torquemada le cayó en gracia al caballero, tanto que le compró el animal y se lo llevó a su casa. El asno resultó ser un espectáculo agradable para los que se divertían en su compañía, no sólo los niños sino también los jóvenes y los adultos. Su nuevo amo lo llevaba consigo dondequiera que iba, como lo hacía antes Torquemada. Pero ahora la gente no calificaba al asno de «burro», porque no lo asociaba con la mala compañía de Torquemada. Al contrario, hablaba bien del noble animal porque iba bien acompañado. Por algo sería que a este cuento titulado «Torquemada y su asno» el gran lingüista Covarrubias de Toledo le puso el subtítulo: «De los que dondequiera que vayan, llevan en su compañía un necio pesado». La ironía de este cuento gracioso es que quien iba mal acompañado no era Torquemada sino su asno, de modo que cuando el pobre burro cambió de amo, y por tanto de compañía, se arregló todo. Ahora la gente podía ver que, en compañía de un caballero, el burro, lejos de ser un animal despreciable, era una criatura respetable. En él se cumplía el refrán que dice: «Dime con quién andas, y te diré quién eres.»1 Ya hacía bastantes siglos que el apóstol Pablo había consignado una variante de este refrán en una de sus cartas que forman parte del Nuevo Testamento de la Biblia. Se trata de su primera carta a los presuntos cristianos en Corinto influenciados por la cultura griega y apegados a los valores sociales y prácticas paganas de los romanos en lugar de estar centrados en el amor y la unidad en Cristo. «No se dejen engañar —les escribió San Pablo—: “Las malas compañías corrompen las buenas costumbres.”»2 San Pablo sabía que conocer a Dios es andar bien acompañado, al igual que el salmista David, que dijo: «Yo no convivo con los mentirosos, ni me junto con los hipócritas; aborrezco la compañía de los malvados; no cultivo la amistad de los perversos.... Señor... tu gran amor lo tengo presente, y siempre ando en tu verdad»3. David sabía por experiencia que no hay mejor compañía que la de nuestro caballeroso Dios. Él no nos obliga a servirle; nos invita más bien a andar con Él, a disfrutar de su compañía y a cultivar su amistad por toda la eternidad. |
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