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«Recuerde en todo momento que el dinero que usted guarda en la caja no es suyo. Lo único que importa es que salve el pellejo. Si se le ocurre hacerse el héroe, ya sabe lo que le espera.» Quien así hablaba era José Shapiro, dando una clase a un grupo de empleados bancarios sobre la prevención del robo. Shapiro sabía lo que estaba diciendo. Él había pasado nueve años en penitenciarías federales por haber asaltado dieciocho bancos. Ahora, regenerado, dedicaba su tiempo a asesorar a empleados bancarios de cómo proceder en caso de un asalto. «El cajero debe incluso sonreírle al ladrón —recomendaba Shapiro—, porque así puede pescar algún detalle especial, tal como un diente de oro, que sirva para identificar al delincuente, si éste le sonríe también.»1 Entre los muchos oficios pintorescos del mundo actual, tenemos este de José Shapiro. Con una larga trayectoria como asaltante, escogió por fin el camino del bien, y como conocía todos los trucos y artificios del asaltante, les enseñó a los empleados bancarios cómo reaccionar en el momento crítico de enfrentarse al cañón de una pistola. Hay un refrán que dice: «Del viejo, el consejo», porque la sabiduría popular comprende que los años, junto con las canas, acumulan mucha experiencia. Y como «la experiencia es la mejor maestra», según otro conocido refrán, más vale que aprendamos de ella todo el mal que no debe hacerse, así como el bien que puede hacerse y no se hace. ¿Qué pasaría si cada persona, al llegar a los cincuenta años, comenzara a enseñar a los más jóvenes todo lo que no debe hacerse? Quizá las nuevas generaciones, si estuvieran en disposición de aprender, irían perfeccionando su vida moral. Uno de los mayores deberes de los padres es advertirles a sus hijos acerca de las cosas que no deben hacerse debido a que acarrean fracaso, amargura y dolor. Por algo será que el poeta argentino José Hernández, en la segunda parte de su obra clásica titulada La vuelta de Martín Fierro, declara que «un padre que da consejos, más que padre, es un amigo».2 Más vale entonces que los jóvenes escuchen a los mayores para así recibir el beneficio de la experiencia que éstos tienen que ofrecerles. Pero conste que, según el escritor español José María de Pereda, «la experiencia no consiste en lo que se ha vivido, sino en lo que se ha reflexionado».3 Porque vivir sin reflexionar sobre el orden moral de la vida es poco más que existir. ¿Por qué no reflexionamos sobre los siguientes proverbios afines del sabio Salomón?
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