«El Dios sin tata»

22 dic 2021

«Los ancianos de Crautara habían aceptado ya que los sacerdotes se establecieran junto a su aldea y viviesen como amigos....

»... Fray Esteban de Verdelete era un conquistador singular y él lo sabía.... Consideraba que el poder de su palabra en contacto con Dios podía competir exitosamente con el poder del arcabuz....

»Verdelete llamó a este lugar la Misión de la Sagrada Custodia.

»... Atraían a los más conocidos y a las mujeres. Les predicaban la religión católica, enseñándoles la existencia de un solo Dios verdadero que había nacido de mujer virgen. En los primeros días estas cosas nuevas causaron no poca hilaridad entre los habitantes de Crautara, especialmente en las mujeres casadas y las viejas.

»—Padre tatite —preguntaban sumisas—, ¿y de verdad que esa mujer doncella parió sin tener marido? Aquí nunca se ha visto eso, padre tatite. ¿Cómo fue? Con perdón de usted, nadie se lo puede creer.

»—Fue por obra y gracia del Espíritu Santo, hija buena.

»—¡Ah, entonces no hubo tal misterio, padre tatite! Ya lo decía yo:... No puede haber parido....

»Y por allá en las chozas decían:

»—¡Qué cosas las que cuentan los padres tatites!... Les gusta bromear con la gente....

»—Así son. Saben inventar cosas para hacer reír. Debemos darles muchos frutos para que no se vayan y nos cuenten más leyendas como la del dios sin tata que era hijo de virgen....

»Pero sin que los mismos indios se percataran, muchos fueron, poco a poco, entrando a la nueva religión del “Dios sin tata” y recibiendo el bautismo.... Verdad era que ellos no comprendían de lo que se trataba. Entendían únicamente los cantos porque esos pueblos eran muy aficionados a la canción y a la música....

»A las dos semanas ya los misioneros tenían dos iglesias, y en las tardes y noches se llenaban de fieles o, mejor dicho, de curiosos, para escuchar los cuentos y leyendas de los frailes y cantar sus nuevos cantos al son de caracoles, chirimías y zambumbias.»1

Así describe el novelista hondureño Ramón Amaya Amador la percepción que tenían de los frailes los indios que habitaban la selva primitiva de La Mosquitia. Afortunadamente para los lectores de hoy, el autor lo hace de forma amena, en su novela histórica titulada Con la misma herradura, que terminó de escribir en 1963 pero que no se publicó hasta 1993, veintisiete años después de su muerte.2

No debiera extrañarnos que, casi dos mil años después de la muerte de Jesucristo, todavía hay muchos en el mundo que, al igual que aquellas mujeres casadas de Crautara, no creen que como Hijo de Dios Él haya podido nacer de una virgen, pero sí creen en sus enseñanzas. Lo fundamental que les falta —y conste que es necesario para conocerlo en toda su esencia— es reconocer que así como aquel Niño que nació en un pesebre en Belén cumplió un gran número de profecías bíblicas con relación a su vida, muerte y resurrección milagrosa, también lo hizo al nacer milagrosamente de la virgen María «por obra y gracia del Espíritu Santo». Pues el principio de la historia de Jesús de Nazaret es tan milagroso como el fin, ya que no se trata de un «Dios sin tata» sino de un Dios con dos tatas: el uno adoptivo, José, y el otro sobrenatural, el Padre celestial, es decir, el uno humano y el otro divino.3


1 Ramón Amaya Amador, Con la misma herradura (Tegucigalpa, Honduras: Editorial Guaymuras, 1993), pp. 43‑45.
2 Ibíd., contraportada.
3 Mt 1:1-24; Lc 1:26-38; 2:1-20; 3:23-38
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