19 abr 17

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de nuestro puño y letra
«CAMINO AL DESTIERRO»
por Carlos Rey

«... Las amigas de Canales, tres hermanas solteras..., recibieron al general....  El militar les relató su desgracia con la voz pausada, apagadiza.... Ellas lloraban afligidas, tan afligidas que de momento olvidaron su pena, la muerte de su mamá....

»—Pues nosotras le arreglamos la fuga.... ¡Qué amarga es la vida, general! ¡Dichoso de usté, que se va de este país para no volver nunca!

»—¿Y con qué las amenazan?... —interrumpió Canales a la mayor de las tres....

»—Con sacar a mamá de la sepultura... —balbució la menor—.... El médico que tenemos en el pueblo es un sinvergüenza de marca mayor.... Cuesta creer que haya gente tan mala.... Su cacha consiste en mandar a construir un sepulcro cuando tiene enfermo grave, y como los parientes en lo que menos están pensando es en la sepultura... Llegado el momento —así nos pasó a nosotras—, con tal que no pusieran a mamá en la pura tierra, aceptamos uno de los lugares de su sepulcro, sin saber a lo que nos exponíamos.... A una cuenta, general, que el día que la mandó a cobrar, por poco nos da vahído a las tres juntas: nueve mil pesos por quince visitas, nueve mil pesos, esta casa,... o...

»—o... si no le pagamos, le dijo a mi hermana —¡es insufrible!—, que saquemos [nuestro estiércol] de su sepulcro!

»Canales dio un puñetazo en la mesa:

»—¡Mediquito!

»Por eso —pensaba— se les promete a los humildes el Reino de los Cielos —jesucristerías—, para que aguanten a todos esos pícaros....

»La fuga se fijó para las diez de la noche, de acuerdo con un contrabandista amigo de la casa.... Al salir a la calle ancha, una mano detuvo el caballo del general....

»— ... El doctor le debe estar dando serenata a su quequereque [—murmuró el contrabandista]....

»... Cinco o seis hombres [estaban] agrupados al pie de una ventana.

»—¿Cuál de todos es el médico...? —preguntó el general con la pistola en la mano.

»El contrabandista... señaló con el dedo al de la guitarra. Un disparo rasgó el aire, y como plátano desgajado del racimo se desplomó un hombre.

»—¡Ju-juy!... ¡Vea lo que ha hecho!... ¡Huygamos, vamos..., meta las espuelas...!

»—¡Lo... que... to... dos... de... bié... ra... mos... ha... cer... pa... ra... com... po... ner... es... te... pue... blo! —dijo Canales con la voz cortada por el galope del caballo....

»[Más tarde,] la escolta llegó a levantar el cadáver del médico....»1

Así narra de manera impresionante el Premio Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias el capítulo «Camino al destierro» del general Eusebio Canales en su obra clásica titulada El Señor Presidente. La ironía que muchos no advierten es que Jesucristo mismo, Aquel que murió en la cruz y ocupó un sepulcro prestado antes de resucitar de entre los muertos,2 es quien mejor comprende la desilusión que sufren los que se identifican con lo que pensaba el general acerca de las mal llamadas jesucristerías, es decir, las falsas promesas de las personas que ejercen cierto poder sobre los demás. Y nos promete con toda certeza que más nos vale dejar la venganza en sus manos, ya que de Dios nadie se burla con impunidad. Los pícaros pagarán por su maldad en el día del juicio, cuando cada uno coseche lo que ha sembrado.3


1 Miguel Ángel Asturias, El Señor Presidente, 6a. ed. (Madrid: Ediciones Cátedra, Letras Hispánicas, 2005), pp. 301-06.
2 Mt 27:31—28:15
3 Dt 32:35-43; Gá 6:7-8; Heb 10:30-31; 2P 2:9-10