16 sep 10

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de nuestro puño y letra
Una obra sin igual
por Carlos Rey

Tan pronto como ganaron sus respectivos concursos el poeta mexicano Francisco González Bocanegra y el músico español Jaime Nunó, comenzaron a imprimirse, a fines de 1854, los primeros ejemplares del Himno Nacional mexicano del que eran compositores. Sin embargo, debido a la conflictiva situación política que vivió el país en los años siguientes, pasó mucho tiempo antes de que aquel himno patrio alcanzara popularidad. Al contrario, cayó casi en el olvido, primero a raíz de la caída del caudillo Santa Anna, y luego a causa de la caída de la nación misma, inicialmente en la Guerra de Reforma entre liberales y conservadores, y posteriormente en la intervención francesa del emperador Maximiliano.
El gobierno de Benito Juárez se vio perseguido constantemente, por lo que le tocó trasladarse de un lugar a otro con mucha frecuencia. De ahí que no contara con el tiempo ni con los recursos necesarios para ceremonias. En su defecto, el ejército republicano tocaba la marcha Zaragoza, que compuso Aniceto Ortega con el fin de honrar la memoria del héroe del 5 de mayo.

Diez años después del estreno del himno, aprovechando que el presidente Benito Juárez estaba de paso por la ciudad de Monterrey o la de Saltillo (según dos versiones diferentes), alguien se le acercó a proponerle algunas modificaciones a la letra. Dicen que Juárez respondió: «Ni una sola nota, ni una sola palabra, se quite al Himno Nacional.» Con esa sentencia terminante, el gran reformador mexicano le puso fin a cualquier reforma del himno y salvó la integridad de la obra de González Bocanegra.

Luego de la derrota del imperio de Maximiliano, el gobierno republicano comenzó a difundir el Himno Nacional, y el pueblo mexicano comenzó a adoptarlo y a reconocer en él la máxima expresión de su victoria sobre la invasión francesa.1

Así como don Benito Juárez, el «Benemérito de las Américas», salvó la integridad de la obra del poeta mexicano Francisco González Bocanegra, también nuestro Señor Jesucristo, el «Benemérito del Universo», salvó la integridad de la obra creadora del Poeta celestial. Es que cada uno de nosotros es un himno divino, compuesto por «el dedo de Dios», ese mismo dedo que escribió en el cielo el eterno destino de la patria mexicana, como dicen las palabras de la primera estrofa del Himno Nacional. Pero así como Dios creó al pueblo mexicano con el libre albedrío para modificar la letra de su Himno Nacional, nos creó también a cada uno con el libre albedrío para malograr la letra de nuestro himno individual, que es nuestra propia vida. Por eso juzgó necesario enviarnos a su Hijo Jesucristo: para ponerle fin a cualquier mal llamada reforma que quisiéramos hacerle a esa letra nuestra que Él compuso por excelencia. Sólo que cuando Jesucristo le responde al enemigo de nuestra alma: «Ni una sola nota, ni una sola palabra, se quite a este himno individual mío», esa sentencia, a diferencia de la de Benito Juárez, sólo es terminante en potencia. Porque Cristo nos deja a cada uno, en calidad de creación suya, la decisión de mantener y de disfrutar al máximo la integridad de su obra creadora en nosotros. ¡Y no hay otra obra que se le iguale en todo el universo!


1 Héctor Campillo Cuautli, El Himno Nacional Mexicano: Origen, historia y significado de nuestro Himno (México, D.F.: Fernández editores, 1998, pp. 3‑4,11‑12.