21 feb 2012

EL DESTINO DEL ATAÚD DE DON MANUEL

por Carlos Rey

«A las cinco de la mañana comenzó a caer una lluvia pertinaz y serena que... iba mojando poco a poco [a los familiares y amigos del difunto, don Manuel Muñoz, el hombre más rico de Chumico], y los que estaban sentados afuera tuvieron que entrar, haciendo [aún más insoportable] el calor en la sala [del velorio]....

»—Es mejor que lo enterremos —decidieron al fin—; la motonave [con la gente de Panamá] no llega.

»Entre los nietos y amigos, cerraron el ataúd.... Lo cargaron entre ocho hombres, que casi no podían con el peso de la inmensa caja....

»Ocho hombres más tuvieron que meter las manos para levantar el féretro, y el cortejo se fue calle arriba bajo la llovizna que aún no cejaba.... Al llegar al pie de la loma del cementerio, se detuvieron porque el peso del cajón se hacía insoportable....

»... Siguieron, [jadeando de cansancio y mojados de pies a cabeza], rumbo a la cima, al lugar de honor que le correspondía a don Manuel....

»Desde la cúspide se divisaba toda la bahía.... Todos trataron de acercarse para ver mejor, con tan mala suerte que el peso de la carga se fue hacia un lado, y Braulio se tambaleó y resbaló sobre la tierra húmeda. Cuando se iba cayendo, se agarró de Eusebio, y este a su vez de Higinio.... Así fueron cayendo, unos encima de otros, los veinte hombres que cargaban el ataúd de don Manuel. La enorme caja los iba aplastando hasta que, agobiados, la soltaron. Se fue deslizando cuesta abajo sobre la tierra mojada, dando tumbos sobre las cruces de piedra de las tumbas, hasta que la tapa, mal clavada, se saltó, y el cadáver [amortajado] de don Manuel... salió disparado por el aire.... Libre de su contenido, el ataúd siguió deslizándose loma abajo por el lado que da al mar y, al llegar al borde mismo del acantilado, salió despedido por el aire y, describiendo un majestuoso arco, cayó en medio de la bahía, levantando una gigantesca ola de espuma rosada.... Los que estaban en el cementerio no sabían si rezar o echarse a llorar de espanto....

»... Finalmente, Higinio Reinosa, el más viejo de todos, se incorporó con dificultad y, agarrándose de donde podía para no resbalar otra vez, lentamente llegó al sitio en donde yacía el cadáver de don Manuel.... Rascándose la cabeza, perplejo, se quedó un buen rato contemplando el ataúd que se alejaba flotando mar afuera sobre las olas. Con gesto cansado, se sentó junto al difunto.

»—¡Braulio, vete a buscar una lona! —gritó—. Tenemos que enterrar a don Manuel.»1

Así termina la primera novela de la escritora panameña Rosa María Britton, titulada El ataúd de uso, por la que recibió el premio Ricardo Miró. ¡Qué contraste el que presenta esa escena final con lo que le sucedió al hijo único de una viuda cerca de las puertas del pueblo israelita de Naín! Allí Jesucristo detuvo a los que llevaban el ataúd, lo tocó ¡y resucitó al muerto! Pero si bien los testigos se llenaron de temor, al igual que en el caso ficticio de don Manuel, en este caso alabaron a Dios, porque vieron que había enviado a su Hijo al mundo a salvarnos y a darnos vida eterna.2


1 Rosa María Britton, El ataúd de uso (México, D.F.: Punto de lectura, 2005), pp. 346-50.
2 Lc 7:11-17; Jn 3:16