20 feb 2012

«NO QUIERO QUE ME ENTIERREN EN UN SACO»

por Carlos Rey

«—Papá ¿qué significa esa historia que apareció hoy en el periódico acerca de usted?... “Patriarca liberal construye su propio ataúd...” ¡Qué vergüenza!

»—No creí que el reportero que fue a Chumico se interesaría por esas cosas.... Cuando lo llevé a comer a la casa, se dio cuenta del ataúd que tengo en el cuarto de atrás....

»—Pero, ¿de qué ataúd está hablando, papá?

»—Del mío, hija, del mío. Lo hice hace más de un año. Tengo barruntos de muerte y no quiero que me entierren en un saco como hacen en el pueblo con los muertos.... Quiero que me entierren decentemente.... Deseo estar preparado cuando llegue la hora.... Cuando alguien se muere, corren a improvisar sacos de lona o cuatro tablas mal clavadas, y lloriquean porque el velorio tiene que hacerse a la carrera antes de que se pudra el muerto. Esos imbéciles no saben lo que es estar preparados, como si a ellos la muerte no fuera a tocarlos nunca....

»Don Manuel Muñoz pasó a mejor vida un martes veintiuno de septiembre a las tres de la tarde mientras dormitaba los vapores del mediodía.... Ya él tenía noventa y dos años de edad y, aunque todavía era fuerte, el tiempo le pesaba demasiado. Había visto morir, uno a uno, a sus mejores amigos y a la compañera de toda su vida....

»... A las seis de la tarde, cuando las nietas, preocupadas por su largo sueño, fueron a despertarlo, lo encontraron acurrucado en su cama, casi frío. La noticia corrió por el pueblo a toda velocidad.

»—¡Ha muerto don Manuel Muñoz...! —decían unos a otros asombrados por lo repentino del hecho.

»El patrono del pueblo... ilustre prócer de la guerra de los Mil Días y sobre todo el hombre más rico de Chumico.... Por telégrafo les avisaron a los familiares de la [Ciudad de Panamá], y de allí la noticia del deceso del abuelo Manuel fue regada por tres continentes en donde vivían los otros nietos. Entre todos los presentes, acordaron hacer un funeral solemne al día siguiente por la mañana lo más tarde posible para dar tiempo a que llegaran los dolientes de la capital por motonave. Cuando fueron a buscar el ataúd de don Manuel al depósito en donde lo guardaban, lo encontraron sucio y lleno de telarañas. El forro de terciopelo carcomido por la polilla se desgarraba con facilidad, y el moho cubría la madera. Hacía más de diez años que... [él] se había negado a sacarlo de su envoltorio. Las nietas pulieron la madera con aceite hasta hacerla brillar otra vez, y dejaron relucientes las agarraderas de plata. [Luego] amortajaron el cadáver con cinco sábanas bordadas al pasado con hilos de seda... que la nieta mayor había guardado en un armario lleno de bolas de alcanfor en espera del día que había llegado....»1

¡Qué irónico que don Manuel, el protagonista de esta novela titulada El ataúd de uso, escrita por la distinguida oncóloga panameña Rosa María Britton, haya dejado que el singular ataúd que él había construido para sí se desluciera a tal extremo precisamente antes de ocuparlo él mismo! Era él quien deseaba estar preparado cuando le llegara la hora, a diferencia de quienes viven «como si a ellos la muerte no fuera a tocarlos nunca». Más vale que se cumpla en nosotros ese deseo de don Manuel, asegurándonos de estar preparados cuando nos llegue la hora. De aquí a esa cita inevitable, sigamos a Jesucristo y vivamos como Él, conscientes de que vamos a morir, y por eso mismo llevando una vida con propósito, llena de actos que tengan valor eterno.


1 Rosa María Britton, El ataúd de uso (México, D.F.: Punto de lectura, 2005), pp. 235,236,290,291,334, 341-42.