10 sep 2018

Como las golondrinas y las madreselvas

por Carlos Rey

(15 de septiembre: Día del Amor y de la Amistad en Colombia)

Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán;
pero aquellas que el vuelo refrenaban,
tu hermosura y mi dicha al contemplar;
aquellas que aprendieron nuestros nombres,
esas... ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aun más hermosas,
sus flores se abrirán;
pero aquellas cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
esas... ¡no volverán!

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón, de su profundo sueño
tal vez despertará;
pero mudo y absorto y de rodillas,
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido..., desengáñate:
¡así no te querrán!1

Estos versos, que componen la más famosa de las Rimas del romántico poeta español Gustavo Adolfo Bécquer, se distinguen no sólo por su elegante forma sino también por su profundo contenido. En ellos el poeta recuerda con nostalgia y melancolía el amor que ha perdido, y advierte que ese amor es único y eterno.

Por una parte, en medio de la separación de su amada, la naturaleza retoma su ciclo vital como si nada hubiera sucedido: las golondrinas oscuras vuelven en primavera y las madreselvas tupidas florecen otra vez. Por otra parte, hay golondrinas y madreselvas sentimentales que no vuelven ni florecen de nuevo.

Aplicándolo a su amada, el poeta le advierte que, si bien alguien volverá a manifestarle su amor tal como lo hizo él, nadie volverá a quererla como la ha querido él. Pues la devoción que ha sentido por ella trasciende las fronteras de lo terrenal: es como la devoción que el creyente, «mudo y absorto y de rodillas», siente por Dios.

Tal parece que lo único que le faltó a Bécquer fue comparar el amor que es capaz de sentir un hombre por una mujer con el amor que Dios siente por nosotros. Es que Dios no sólo es capaz de sentir un amor único y eterno, sino que lo sintió a tal grado que envió a su único Hijo Jesucristo al mundo para dar su vida por nosotros. Antes de morir en la cruz en nuestro lugar, Jesús les dijo a sus discípulos: «Así como el Padre me ha amado a mí, también yo los he amado a ustedes.... Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si... [se aman] los unos a los otros.»2

Más vale que nos apropiemos de ese amor único y eterno que Dios nos ha manifestado. Mostrémosle nuestra devoción, adorándolo ante su altar, y hagámonos amigos suyos de por vida, amándonos los unos a los otros. ¡Y no dejemos de agradecerle por amarnos como nadie jamás volverá a hacerlo!


1 Gustavo Adolfo Bécquer, Gustavo Adolfo Bécquer: Obras completas, «Rimas I: Del libro de los gorriones», LIII (38) (Santo Domingo, República Dominicana: Editora Alfa y Omega, 1986), pp. 436-37.
2 Jn 15:9,12-14,17