7 sep 2018

Con ciento un años de retraso

por Carlos Rey

(Antevíspera del Día Internacional de la Alfabetización)

Corrió a más no poder para llegar cuanto antes a la escuela ese día. Era su primer día de clases en la localidad de Marcachea, al sureste de Lima, Perú, y tenía muchos deseos de aprender a leer y a escribir. Y sin embargo, al acomodarse en su pupitre junto a dos de sus familiares, no pudo menos que observar que tanto ellos como los demás alumnos en el aula se habían dado cuenta de que él había llegado un poco tarde.

¡Es que Juan Paucar había llegado nada menos que con ciento un años de retraso! Aquel anciano indígena de la región tenía ciento ocho años de edad, y los familiares con los que habría de asistir diariamente a la escuela eran dos de sus nietos.1

Aprender a leer y a escribir es la primera conquista intelectual del ser humano. Ser analfabeto es vivir en una semipenumbra. Es estar aislado de las tres cuartas partes de la vida. Es carecer de luz, de verdad, de comunicación y de contacto con casi todo lo que la humanidad ha escrito, creado, descubierto y soñado.

No saber leer y escribir es vivir a medias. El hombre alcanzó su verdadera grandeza, y comenzó la marcha ascendente de la civilización, cuando inventó el arte de la escritura. Por lo tanto, no conocer ese arte es estar cortado por la mitad, ser medio ciego y tener un solo oído.

Saber leer y escribir es esencial porque la mayor revelación de Dios al hombre se encuentra en las Sagradas Escrituras. Sólo por medio de la Biblia podemos llegar a conocer a Dios plenamente. Sólo en su Palabra está escrita la verdad redentora del evangelio, que es la buena noticia acerca de su Hijo Jesucristo. Por eso debemos todos aprender no sólo a leer, sino a leer la Biblia.

No saber leer y, por consiguiente, no poder leer la Biblia, es una tragedia. Pero saber leer, hasta en más de un idioma, y no leer la Palabra de Dios, no es sólo una tragedia sino también una negligencia espiritual suicida. Desconocer las Sagradas Escrituras —nos advierte Jesucristo— nos predispone a andar equivocados.2 En cambio, leerlas y conocerlas —afirma San Pablo—, nos predispone a adquirir «la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús».3

Todos los que tenemos la ventaja de saber leer debiéramos examinar la Palabra de Dios todos los días, como lo hacían los seguidores de Cristo en Berea.4 A todos, sin excepción —mandatarios, gobernantes, legisladores, magistrados, médicos, cirujanos, científicos, astronautas, abogados, catedráticos, profesores, licenciados, estudiantes universitarios, bachilleres, ejecutivos, empresarios, padres de familia y amas de casa— nos sería de provecho eterno leer y estudiar la Biblia con dedicación. Sólo así estaremos capacitados para juzgar por nosotros mismos si es verdad lo que nos están enseñando moral y espiritualmente nuestros maestros.5


1 «Juan Paucar», El País, 20 octubre 1982 <http://elpais.com/diario/1982/10/ 20/ultima/403916404_850215.html> En línea 6 mayo 2013.
2 Mt 22:29
3 2Ti 3:15
4 Hch 17:11
5 Ibíd.