11 may 2018

«El Mundial del 30»

por Carlos Rey

«En el Uruguay,... en 1930 el país sólo tenía ojos y oídos para el primer Campeonato Mundial de Fútbol. Las victorias uruguayas en las dos últimas olimpíadas, disputadas en Europa, habían convertido al Uruguay en el inevitable anfitrión del primer torneo.

»Doce naciones llegaron al puerto de Montevideo. Toda Europa estaba invitada, pero sólo cuatro seleccionados europeos atravesaron el océano hacia estas playas del sur:

»—Eso está muy lejos de todo —decían en Europa— y el pasaje sale caro.

»Un barco trajo desde Francia el trofeo Jules Rimet, acompañado por el propio don Jules, presidente de la FIFA, y por la selección francesa de fútbol, que vino a regañadientes.

»Uruguay estrenó con bombos y platillos un monumental escenario construido en ocho meses. El estadio se llamó Centenario, para celebrar el cumpleaños de la Constitución.... En las tribunas no cabía un alfiler cuando Uruguay y Argentina disputaron la final del campeonato. El estadio era un mar de sombreros de paja. También los fotógrafos usaban sombreros, y cámaras con trípode. Los arqueros llevaban gorras y el juez lucía un bombachudo negro que le cubría las rodillas.

»La final del Mundial del 30 no mereció más que una columna de veinte líneas en el diario italiano La Gazzetta dello Sport. Al fin y al cabo, se estaba repitiendo la historia de las Olimpíadas de Ámsterdam, en 1928: los dos países del río de la Plata ofendían a Europa mostrando dónde estaba el mejor fútbol del mundo. Como en el 28, Argentina quedó en segundo lugar. Uruguay, que iba perdiendo 2 a 1 en el primer tiempo, acabó ganando 4 a 2 y se consagró campeón. Para arbitrar la final, el belga John Langenus había exigido un seguro de vida, pero no ocurrió nada más grave que algunas trifulcas en las gradas. Después, un gentío apedreó el consulado uruguayo en Buenos Aires.»1

Así resume el prolífico escritor uruguayo Eduardo Galeano el primer Mundial de fútbol que, para orgullo de sus compatriotas, ganó la selección de su país. Pero en la misma obra en que lo reseña, titulada El fútbol a sol y sombra, Galeano proporciona otro detalle interesante en su capítulo sobre la pelota de fútbol. «En la final del Mundial del 30 —añade Galeano—, las dos selecciones exigieron jugar con pelota propia. Sabio como Salomón, el juez decidió que el primer tiempo se disputara con pelota argentina y el segundo tiempo con pelota uruguaya. [La pelota es fiel.] Argentina ganó el primer tiempo y Uruguay el segundo.»2

En resumidas cuentas, ¿qué podemos aprender de la memorable final de aquel primer Mundial? Que en todo tiempo del juego decisivo del campeonato por el trofeo personal de la vida, más vale que les seamos tan fieles a nuestros amigos como lo fueron ambas pelotas a sus amigos futbolistas de parte y parte. Pues si somos así, se cumplirán en nosotros las palabras del sabio Salomón que dicen que «hay amigos más fieles que un hermano», y que «el hombre fiel recibirá muchas bendiciones».3


1 Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra (México, D.F.: Siglo Veintiuno Editores, 1995), pp. 62‑64.
2 Ibíd, p. 22.
3 Pr 18:24; 28:20