13 jul 2018

Un verdadero ganador

por Carlos Rey

Los niños se estaban divirtiendo jugando fútbol. No tenían más de seis años de edad, pero el juego era en serio, con uniformes, padres, árbitro y jueces de línea. Los dos equipos estaban parejos.

En el primer tiempo ninguno de los niños marcó gol. Eran torpes en el movimiento del balón. Se caían sin ningún contacto con el contrario, pateaban al aire y tropezaban al encontrarse con la pelota. Pero no les importaba porque era divertido.

En el segundo tiempo el director técnico del equipo azul, a fin de que pudieran jugar los que estaban calentando la banca, sacó a todos los titulares menos uno, el mejor, a quien dejó en la portería. En cambio, al director técnico del equipo rojo sólo le importaba ganar, así que dejó que siguieran jugando sus titulares a expensas de los suplentes contrarios.

El equipo rojo marcó un gol y luego otro a pesar de los valientes esfuerzos del portero azul. Lanzándose con abandono, logró tapar dos tiros más que iban para gol. Ya desesperado, comenzó a gritarles a sus compañeros y a correr locamente procurando anticipar cada jugada. Pero en una de esas salidas lo burlaron y le metieron el tercer gol.

Desde la línea de banda su padre le había estado gritando palabras de aliento. Pero después del tercer gol, el pobre niño se convenció de que era inútil. Así que su padre, que estaba sufriendo junto con él, procuró calmarlo gritándole que no se preocupara porque no importaba, pero que no se diera por vencido.

Después del cuarto gol, el pequeño guerrero no pudo contener las lágrimas. Su padre, al verlo caer de rodillas sobre el campo, tampoco pudo contenerse. Sin importarle que todos estuvieran mirando, interrumpió el partido y corrió hasta donde estaba su hijo. Tomó al niño en los brazos, lo abrazó y lo besó... y lloró con él. Luego lo sacó fuera del terreno, y le dijo:

—No te imaginas lo orgulloso que estoy de ti. ¡Jugaste como nunca! ¡Quiero que todo el mundo sepa que eres mi hijo!

—¡No pude, papá! —dijo entre sollozos el niño—. ¡Traté de tapar los goles, pero no pude!

—Hijo, no importa cuántos goles te metan. Tú sigues siendo mi hijo. Ahora quiero que vuelvas al arco y termines el partido. Te van a meter más goles, pero no importa. ¡Vamos!

Armado de valor, el pequeño reingresó en el terreno y le metieron otros dos goles, pero estaba bien. Ya no lo sentía tanto como antes.

A cada uno de nosotros nos meten goles todos los días. Hacemos esfuerzos inútiles por impedirlo. Nos lanzamos con abandono, corremos locamente de aquí para allá, y hasta procuramos anticipar las jugadas. Con todo, el enemigo mete otro gol, y comienzan a correr las lágrimas. Caemos de rodillas, impotentes. Pero nuestro Padre celestial interrumpe el partido, corre a nuestro encuentro y, sin importarle que todos estén mirando, nos toma en sus brazos, nos abraza y nos besa, y nos dice: «No te imaginas lo orgulloso que estoy de ti. ¡Jugaste como nunca! ¡Quiero que todo el mundo sepa que eres mi hijo!»