14 nov 2017

«Cual el amo...»

por Carlos Rey

Don Zenón Somodevilla, marqués de la Ensenada, era un político sobresaliente, militar espléndido y hombre de vasta cultura. Vestía con tanta elegancia y fastuosidad que se le consideraba máximo representante de la moda de su tiempo. Decíase que su indumentaria de Corte, guarnecida con botones de diamantes, encajes de Malinas y hebillas de oro cincelado, había costado la fabulosa suma de quinientos mil pesos. Fuera o no exagerada esa cantidad, lo cierto es que aquel lujo del eminente marqués acabó por despertar la envidia entre los cortesanos, de modo que se rumoreaba que todo eso no era sino fruto de desfalco y de negocios sucios.

El rumor llegó a oídos del rey Felipe V, quien llamó a cuentas al marqués para manifestarle que no toleraría semejante ostentación, pues iba en contra de las normas de austeridad que la Corona acababa de promulgar. Ante eso, don Zenón, con singular sutileza y finos modales, respondió: «Señor, por la forma de vestir del criado se ha de conocer la grandeza del amo.» De allí el refrán que dice: «Cual el amo, tal el criado», y los refranes afines: «A tal casa, tal aldaba», «A tal señor, tal honor», y «A cada paje, su ropaje». A esa postura el escritor español Luis Junceda la califica como «el principio de adecuación», al que considera «casi un imperativo categórico en la condición humana».1

Interesante conclusión esa, sobre todo cuando se toma en cuenta que coincide con la enseñanza de Jesucristo a sus discípulos con relación al mismo tema del servir. Poco antes de dar su vida por ellos, Jesús aprovechó la ocasión de una cena para darles el supremo ejemplo de humildad, lavándoles los pies a cada uno. «¿Entienden lo que he hecho con ustedes? —les preguntó al terminar—. Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he puesto el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes. Ciertamente les aseguro que ningún siervo es más que su amo, y ningún mensajero es más que el que lo envió. ¿Entienden esto? Dichosos serán si lo ponen en práctica.»2

Aquí lo paradójico es que Cristo asume una actitud diametralmente opuesta a la de don Zenón Somodevilla, y sin embargo refuerza con su ejemplo lo que dice el refrán. En el primer caso se destaca la vanidad del amo, mientras que en el segundo se distingue su humildad; pero eso sí, en ambos queda sentado el principio de que el criado es un reflejo de su amo. Más vale que aprovechemos esa sabiduría popular del refrán, pero no siguiendo la variante de la vanidad del marqués de la Ensenada sino el ejemplo del Señor, que de la nada nos convierte en discípulos de veras dichosos.


1 Luis Junceda, Del dicho al hecho (Barcelona: Ediciones Obelisco, 1991), p. 101.
2 Jn 13:12-17