7 nov 2017

Un poeta en su tierra

por Carlos Rey
Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas, de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
—sangre en la frente y plomo en las entrañas—.
... Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada...

Estos versos del poema titulado «El crimen fue en Granada» aparecieron por primera vez en el periódico «Ayuda» el 17 de octubre de 1936. Con ellos Antonio Machado ponía el dedo en la llaga que dejó la muerte de su compatriota Federico García Lorca. Éste nació en Fuente Vaqueros, Granada, en 1898. El joven Federico se educó en un colegio jesuita y, ante la insistencia de su padre, a duras penas se licenció en Derecho por la Universidad de Granada. Pero pronto abandonó esa carrera para estudiar lo que lo apasionaba: la literatura, la pintura y la música.

A García Lorca se le llegó a considerar el poeta más genial de la generación «vanguardista» de 1927. Pero su extraordinario éxito como poeta y dramaturgo no evitó que en plena capacidad creadora lo sorprendiera la Guerra Civil de 1936. Fue trágicamente «en su Granada» que lo ejecutaron los nacionalistas por el «crimen» de ser izquierdista, a pesar de que jamás había intervenido en política. Con razón Machado le rindió tributo poético apenas dos meses después de que fuera asesinado. Irónicamente, mientras la fama de García Lorca se extendía por el mundo entero, en España habrían de quedar silenciadas sus obras durante dieciocho largos años.1

Por algo será que dice el refrán: «Nadie es profeta en su tierra.» Es un refrán bíblico que Jesucristo hizo famoso.2 Lo pronunció a modo de predicción porque a Él también lo habrían de ejecutar los suyos, sin razón, en su tierra.3 Pero a diferencia de García Lorca, Cristo no fue ejecutado sin querer. Él se entregó a la muerte para salvar eternamente a todos los que creyeran en él y en sus obras, incluso sus verdugos. Ahora Cristo espera que no lo rechacemos como su amada Jerusalén que mataba a los profetas,4 sino que lo aceptemos como nuestro Salvador.5 Así en nuestro caso su muerte no habrá sido en vano, y sus obras, lejos de quedar silenciadas, serán proclamadas6 a los cuatro vientos por aquellos a quienes salvó con la sangre que vertió en las afueras de su Jerusalén.


1 Antonio Machado, «El crimen fue en Granada»: A Federico García Lorca, publicado en Colección Alianza Cien: Arturo Ramoneda, Antonio Machado, Antología poética (Madrid: Alianza Editorial, 1995), pp. 90-91; y Diego Marín, Literatura española, Tomo 2: Época moderna (New York: Holt, Rinehart and Winston, 1968), pp. 360-63.
2 Mt 13:57; Mr 6:4
3 Mt 20:18-19; Mr 10:33-34; Lc 18:31-33; Jn 1:11
4 Mt 23:37; Lc 13:34
5 1Ti 2:3-4; 4:10; 1Jn 4:14
6 1P 2:9