15 may 2017

«TU MADRECITA ESTÁ DE VIAJE»

por Carlos Rey

(Día Internacional de la Familia)

Un hálito de drogas invadía la estancia,
hálito penetrante, inolvidable, fuerte.
Un silencio completo reinaba y, sin embargo,
sonaban en tu pulso los pasos de la Muerte.

¡Y tú, adorada enferma, todo lo comprendías!
Consoladoramente, por eso me decías:
“No temas. Dame un beso.
No sufras inquietud ni pesadumbre.
Si ves que me confieso,
tú conoces mi fe: es mi costumbre.”

Y luego proseguías, serena la mirada,
con una voz doliente en que ya había
algo de misteriosa lejanía:
“estoy mejor” y “no me duele nada”.

Afuera, ante la absorta quietud de lo Infinito,
ajeno a la acechanza de inexorables daños,
en la inocente paz de sus tres años
jugaba nuestro hijito...1

Con estos versos titulados «Inocencia», el poeta dominicano oriundo de San Pedro de Macorís, Virgilio Díaz Ordóñez, que escribía bajo el seudónimo de Ligio Vizardi, describe en su poemario La sombra iluminada el entorno en que su joven esposa adorada se esforzaba por prepararlo para la desdichada tarea de explicarle a su hijito por qué su mamita no volvería jamás a formar parte de su vida. Al juzgar por los siguientes versos titulados «Balada del niño huérfano», los esfuerzos de la moribunda, Ana Virginia Grullón, dieron resultado con relación a ese inocente niño de sólo tres años, Virgilio Díaz Grullón, que habría de seguir los pasos de su padre y llegaría a ser uno de los mejores narradores de la literatura dominicana:2

Tu buena madrecita está de viaje,
¿por qué me lo preguntas?
Llevaba su más blanco y leve traje,
el rostro pálido y las manos juntas.
Se fue una tarde lánguida de enero,
–qué día inolvidable el día aquel!–
y dejó, al perderse en el sendero,
esta angustia que dice que ya no ha de volver.
Esperarla es inútil, hijo mío.

Yo, para ti, inventaré el consuelo
que adormece la pena y el hastío.
Todo se borra al fin o se disuelve:
¡Ella se fue hasta el cielo,
y ese cielo, hijo mío, no devuelve!

¿Que marche yo a buscarla?
¡Quién sabe cuántas veces he querido
abalanzarme por la oscura borda
e internarme, también, hasta encontrarla!,
en la noche de Dios tremenda y sorda...

...Llevaba su más blanco y leve traje,
el rostro pálido y las manos juntas:
tu buena madrecita está de viaje,
¿por qué me lo preguntas?3

Gracias a Dios, su Hijo Jesucristo, luego de vivir entre nosotros como uno de nosotros, sufrió y murió por nosotros. Pero a diferencia de la madre de la «Balada del niño huérfano», como Él sabía no sólo que iba a resucitar y a hacer su propio viaje al cielo, sino también que iba a volver por nosotros, nos consoló con estas palabras: «No se angustien.... No los voy a dejar huérfanos; volveré a ustedes.... En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas.... Voy a prepararles un lugar. Y... vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté.»4 Más vale, entonces, que nos dispongamos a esperarlo.5


1 Ligio Vizardi, La sombra iluminada (San Pedro de Macorís, República Dominicana: Editorial La Nación, 1929), p. 94. <http://www.agn.gov.do/sites/default/files/libros/pdfs/vol%20128.%20El%20paladi%C3%B3n%20de%20la%20Ocupaci%C3%B3n%20 Militar%20Norteamericana%20a%20la%20dictadura%20de%20Trujillo.Tomo%20II. Compilaci%C3%B3n%20de%20Alejandro%20Paulino%20Ramos.pdf> En línea 14 noviembre 2016.
2 «Ligio Vizardi (1895-1968)», Dos siglos de literatura dominicana (S. XIX–XX): Poesía, Selección, prólogo y notas de Manuel Rueda (Santo Domingo, República Dominicana: Editora Corripio, 1996), p. 464.
3 Vizardi, La sombra iluminada, pp. 97-98.
4 Jn 14:1-3,18
5 Hch 1:11; 1Co 1:7; 4:5; 1Ts 1:9-10; Fil 3:20; 2Ti 4:8; Tit 2:13; Heb 9:28; Stg 5:7-9; Ap 1:7-8; 3:11; 16:15; 22:12-13,20-21