12 may 2017

«LA MUERTE DE UNA PERSONA AMADA»

por Carlos Rey

«Al cabo de algunos años de peregrinaciones, atendí a las súplicas de mi padre:

»—Ven –decía en la última carta—. ¡Si no vienes deprisa, encontrarás muerta a tu madre!

»Esta última palabra fue para mí un golpe. Yo amaba a mi madre; tenía grabada la escena de la última bendición que me había dado, a bordo del barco. “Mi desdichado hi­jo, nunca más te veré”, sollozaba la pobre señora estrechán­dome contra su pecho. Y esas palabras resonaban ahora en mis oídos, como una profecía realizada.

»Adviértase que yo estaba en Venecia.... Dejé todo y me disparé como una bala en dirección a Río de Janeiro....

»... Mi padre me abrazó con lágrimas.

—A tu mamá le queda poco tiempo de vida —me dijo.

»En efecto, no era ya el reumatismo lo que la mataba; era un cáncer en el estómago. La infeliz sufría de un modo cruel, porque el cáncer es indiferente a las virtudes del enfermo....

»El dolor aflojó por un rato las tenazas. Una sonrisa ilu­minó el rostro de la enferma, sobre el cual la muerte agitaba el ala eterna. Era más una calavera que un rostro.... Le quedaban los hue­sos, que no adelgazan nunca. Apenas podía reconocerla; ha­cía ocho o nueve años que no nos veíamos. Arrodillado, al pie de la cama, con sus manos entre las mías, me quedé mu­do y quieto, sin atreverme a hablar, porque cada palabra se­ría un sollozo, y nosotros temíamos ponerla sobre aviso acer­ca del final. ¡Vano temor! Ella sabía que estaba a punto de morir; me lo dijo. Lo comprobamos la mañana siguiente.

»Larga fue la agonía —larga y cruel—, de una crueldad mi­nuciosa, fría, insistente, que me hizo sufrir y me dejó estupe­facto. Era la primera vez que yo veía morir a alguien. Co­nocía la muerte de oídas; como muchos, la había visto ya petrificada en el rostro de algún difunto que acompañé al cementerio.... Pero ese duelo del ser y del no ser, la muerte en ac­ción, dolorida, encogida, convulsa,... la muerte de una persona amada, esa fue la prime­ra vez que la pude ver de frente.

»No lloré. Me acuerdo de que no lloré durante el espectáculo: Tenía los ojos pasma­dos, la garganta anudada, la conciencia boquiabierta. ¿Qué? Una criatura tan dócil, tan encantadora, tan santa, que nunca jamás había hecho derramar una lágrima de dis­gusto; madre cariñosa, esposa inmaculada, ¿era necesario que muriera así, atormentada, mordida por el diente tenaz de una dolencia sin misericordia? Confieso que todo aque­llo me pareció oscuro, incongruente, insano...»1

Para los que hemos visto morir así a un ser querido, nos identificamos mucho más de lo que quisiéramos con Brás Cubas, quien nos narra los crueles pormenores de esa agonía por medio de la pluma del célebre escritor brasileño Machado de Assis en su obra clásica titulada Memorias póstumas de Brás Cubas. Pero conste que es saludable que lloremos, como lo hizo Jesucristo mismo ante el sepulcro de un ser querido; y que permitamos que nos infundan aliento las palabras de consuelo que Él pronunció en aquella ocasión: «Yo soy la resurrección y la vida —dijo Cristo—. El que cree en mí vivirá, aunque muera».2


1 Machado de Assis, Memorias póstumas de Brás Cubas, 1a. ed.,  trad. Adriana Amante (Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 2003), pp. 96-98.
2 Jn 11:25,35