14 mar 2017

¿QUIÉN ES NUESTRO PADRE?

por Carlos Rey

Uno de los temas nicaragüenses más publicados y comentados es la breve obra de teatro callejero colonial que se titula Baile de El Güegüence o Macho Ratón. Es tal el interés que ha despertado a escala mundial que se ha traducido al inglés, al italiano, al francés, al japonés y al español contemporáneo.1

El nombre de la figura central de la obra, el Güegüence, proviene del náhuatl, y significa: «respetable anciano». Se aplica a ancianos influyentes, elegidos como jefes de aldeas, que a su vez elegían al jefe militar encargado de velar por la defensa de la comunidad.

«Este personaje es el prototipo de la forma peculiar de humorismo preferido por la mentalidad aborigen —afirma el antropólogo Daniel Brinton—. Lo que más les divertía era la jocosidad que supone obtener el engaño y la burla del vecino. Esto es evidente por el número de palabras en el habla nicaragüense que expresan tales acciones. Así, chamarrear es aprovecharse de alguien con una broma; trisca es una conversación en la que se hace quedar en ridículo a alguien; féfere es un cuento tonto con el que se engaña a quien escucha; [y] dar un caritazo es engañar a una persona con un truco...

»Este es el humor del Güegüence. El viejo casi siempre lleva un propósito egoísta en mente, buscando beneficiarse con sus chistes e invenciones; y siempre procura jalar agua a su molino. Al terminar la obra, resulta siempre victorioso, mediante artimañas de dudosa moralidad....

»Los dos hijos del Güegüence, don Forsico y don Ambrosio, presentan el mayor contraste posible. El primero sigue fielmente el ejemplo paterno, y respalda a su padre en todos sus trucos y mentiras; el segundo invariablemente se opone al viejo y pone en evidencia su deshonestidad», concluye el doctor Brinton.2

He ahí otro caso, aunque ficticio, de hijos en los que ha influido mucho la mala conducta de su padre, y que sin embargo no han tomado la misma decisión en cuanto a si seguir o no ese mal ejemplo. Gracias a Dios, todos nosotros tenemos la misma libertad de decidir si vamos a seguir el buen ejemplo suyo como nuestro Padre celestial, o a seguir el mal ejemplo del diablo como nuestro padre infernal. A eso se refería Jesucristo cuando en una ocasión tuvo el siguiente diálogo con algunos judíos:

—Las obras de ustedes son como las de su padre —les dijo Jesús.

—... Un solo Padre tenemos —le reclamaron—, y es Dios mismo.

—Si Dios fuera su Padre —les contestó Jesús—, ustedes me amarían, porque yo he venido de Dios y aquí me tienen.... ¿Por qué no entienden mi modo de hablar? Porque no pueden aceptar mi palabra. Ustedes son de su padre, el diablo, cuyos deseos quieren cumplir. Desde el principio éste... no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, expresa su propia naturaleza, porque es un mentiroso. ¡Es el padre de la mentira! Y sin embargo a mí, que les digo la verdad, no me creen.3

Más vale que nosotros, a diferencia de ellos, escojamos como destino el cielo y no el infierno, al optar por hacernos hijos de Dios, el Padre celestial, Padre de la verdad y venerable Anciano de la Historia Sagrada,4 y seguir fielmente su ejemplo paterno.


1 Prólogo, Baile de El Güegüence o Macho Ratón (Managua, Nicaragua: Editorial Hispamer, 1998), p. 7.
2 Daniel G. Brinton, «Historia del baile del Güegüence» (trad. Carlos Mántica), en Baile de El Güegüence o Macho Ratón, pp. 12-14.
3 Jn 8:41-45
4 Sal 31:5; Jn 1:12; Dn 7:9,13,23