10 jul 2017

«SI DE ALGO ERES TESTIGO»

por Carlos Rey

Se cuenta que el piloto de un avión que volaba de Seattle, Washington, a San Francisco, California, tuvo que hacer una escala imprevista en la ciudad de Sacramento. Tan pronto aterrizaron, la azafata anunció:

—Debido a ciertos factores ajenos a nuestro control, estamos haciendo escala de una hora en Sacramento antes de proseguir rumbo a San Francisco. Los que quieran bajarse pueden hacerlo, con tal de que aborden el avión en cincuenta minutos, a más tardar.

Todos se bajaron, menos un hombre ciego. Debajo del asiento frente a él, su fiel perro lo esperaba con gran paciencia, sin hacer el menor ruido.

En eso, se le acercó el piloto, que lo conocía por haberlo tenido como pasajero en vuelos anteriores.

—Guillermo —le dijo el piloto—, ya que vamos a estar en Sacramento más o menos una hora, ¿no le gustaría bajarse para que estire las piernas un rato?

—No, gracias —respondió el ciego—. Pero tal vez a mi perro sí le gustaría salir a dar un paseo.

¡Cuál no sería el asombro de los viajeros sentados cerca de la puerta de embarque al ver salir al piloto, vistiendo gafas de sol y tirando de una correa al perro lazarillo! Algunos se quedaron boquiabiertos observando aquel espectáculo, mientras otros fueron por los pasillos en busca de un mostrador donde pudieran cambiar de vuelo y hasta de aerolínea.

Es interesante observar que si bien es evidente la lección que aprendemos de esta graciosa anécdota —que no debemos precipitarnos a sacar conclusiones—, de todos modos nos conviene hacernos la pregunta: ¿Cómo reaccionaríamos si alguien nos contara lo que había visto con sus propios ojos en aquella sala de embarque, pero sin saber nosotros nada del ciego que se quedó sentado en el avión? ¿Le creeríamos sin exigirle pruebas de lo que percibió?

Es que, en realidad, en muchos casos como este del piloto y el perro, las cosas que vemos no son más que nuestra percepción de la realidad. De ahí que debemos preguntarnos qué percibió determinado testigo, y no simplemente qué vio. Percibir algo es captarlo por los sentidos o por la inteligencia ayudada por los sentidos, y hay que reconocer que esos sentidos son susceptibles al menor engaño. Por eso se nos ha enseñado, desde niños, que «no hay que fiarse de las apariencias», es decir, del sentido de la vista. Lo irónico del caso relatado es que, sin querer, quien engañó a los testigos oculares fue un piloto que quiso ayudar a un hombre ciego.

Con razón el sabio Salomón nos aconseja en el libro de los Proverbios: «Si de algo eres testigo, no vayas corriendo a los tribunales, no sea que, al fin de cuentas, otro testigo lo niegue y te ponga en vergüenza.»1 ¡Quién sabe cuántas personas en el transcurso de los siglos se han sentido avergonzadas por no seguir este valioso consejo! Pero, peor aún, ¡quién sabe cuántas vidas han resultado destruidas debido a percepciones equivocadas que se han extendido por doquier, como quien no teme las consecuencias del testimonio malogrado! Determinemos que de aquí en adelante, con la ayuda de Dios, haremos lo posible por no precipitarnos a sacar conclusiones ni creer a simple vista las conclusiones precipitadas de dudosos testigos oculares.


1 Pr 25:7,8 (TLA)