1 dic 2017

«Muchos nunca supieron su nombre»

por Carlos Rey

(Antevíspera del Día Internacional de las Personas con Discapacidad)

«Lencho Patas Planas, mítico personaje [creado por David Pinto], es  un vaquero de esos de los viejos tiempos de Oriente, cuando ese desierto de Guatemala fue poblado por españoles, y sus descendientes vieron en sus áridas tierras un reflejo de las tierras lejanas que habían dejado para establecerse en el Nuevo Mundo.

»Aunque ahora vive lejos de su tierra, en el frío y recatado Occidente, Lencho mantiene la chispa y la generosidad de los habitantes del rudo y, a primera vista, inhóspito desierto oriental guatemalteco.

»Lencho es un cuenta‑cuentos. En él sobreviven las historias más fantásticas y representativas de la cultura oriental del país, que suelta con tal naturalidad que los oyentes nunca saben si son falsas o verdaderas; Lencho se saca cuentos de la cabeza como un marchante saca su mercancía de un costal.

»Una vez [—cuenta Lencho—], su pueblo natal, la polvorienta comunidad de Ipala, organizó uno de los velorios más comentados de la región. Por esos días se había instalado en las afueras uno de esos circos itinerantes que suelen rondar por todas las provincias del país. Durante varios días, la desgastada carpa del circo se llenó; los niños acompañados de sus madres, buscando el asombro que sólo un circo puede provocar; los hombres, de bota y sombrero, admirando de reojo las maniobras de las acróbatas.... Todos se encariñaron con el enano del circo, un hombre maduro que, como ellos, se burlaba de su propia condición.

»Un día el enano murió. Los integrantes del circo y los habitantes del pueblo... buscaron dónde sepultarlo. Los pobladores trabajaron en los preparativos del velorio, las mujeres hicieron tamales, los hombres juntaron todas las sillas del lugar para instalarlas en el parque central. También se contrató a las plañideras, de las que cobran cinco por llorar, diez por gritar descorazonadas, veinte por sufrir un ataque de histeria.

»El pueblo entero asistió al velorio y a la posterior sepultura del enano [—termina de contar Lencho—]. Muchos nunca supieron su nombre, pero todos lo lloraron.»1

En este tierno relato de la bellamente ilustrada obra titulada Guatemala inédita, el periodista de origen guatemalteco Harris Whitbeck presenta una gran ironía con relación al enano del circo: que aunque «muchos nunca supieron su nombre,... todos lo lloraron». Pero hay otra gran ironía afín que vale la pena tener en cuenta: que el Dios Altísimo, el Todopoderoso en las alturas, creador del cielo y de la tierra, se compadece de toda su creación2 mucho más de lo que ella se compadece de sí misma. Tanto es así que, a diferencia de los habitantes de Ipala y, al parecer, del solidario cuenta-cuentos Patas Planas, Dios no sólo conocía el nombre de aquel querido enano sino que conocía hasta el número de los cabellos que tenía en la cabeza.3 De modo que no es de extrañarse que, al igual que ellos, Dios lo llorara, así como lloró Jesucristo ante el sepulcro de su querido amigo Lázaro.4

Más vale que cada uno de nosotros cultive una relación tan estrecha con Cristo que, tal como en el caso de Lázaro, la gente se quede asombrada.5


1 Harris Whitbeck, «Tierra de pasión», Guatemala inédita (Bogotá, D.C.: Villegas Editores, 2006), pp. 116‑17.
2 Gn 14:19; Job 31:2; Sal 145:9
3 Mt 10:30; Lc 12:7
4 Jn 11:35
5 Jn 11:36